lunes, 7 de julio de 2014

SUEÑO QUE OLVIDO


Sueño que olvido, que todo lo que sé se me ha olvidado. Y entonces ya no sé de qué debo preocuparme porque ignoro lo que es haber tenido una vida y una mente que almacena los días sobre estantes de niebla desordenados y caóticos.

Seguía adelante sin saber a dónde iba. No tenía razón el preguntarme, porque realmente no pretendía saber nada.

Después tuve la certeza de que solo había que atravesar dos veces más el horizonte para llegar al final del camino.

Supe eso pero  seguí  ignorando hacia donde me llevaba. Ni el comienzo ni el fin ni los posibles peregrinos tenían importancia. Los números no importaban, los seres pequeños no tenían trascendencia y tampoco importaban mucho.

Para quien sueña no es necesario saber nada más que lo que le dice el sueño. Nada es extraño y no hay alternativas. Los soñantes estamos obligados a vivir lo que el sueño nos induce.  No hay alternativas. Solo se trata de seguir soñando. Solo soñando vemos la verdad que nos ocultamos a veces conscientemente.

Lo peor sucede al despertar cuando te preguntas qué era todo aquello que se revolcaba contigo en el sucio subconsciente. Cómo habías llegado hasta allí. Quién te llevó. Cómo fue posible que la verdad solo hubiese existido en tu sueño y que tu sueño fuese algo indemostrable.

Los sueños son así. Se alojan en lo más profundo y le sacan los colores a la nieve.

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